Huidobro

De Amereida
Huidobro
TipoEnsayo
EdiciónHombre y Universo, Revista de Relación Cultural Estudiantil de la Universidad Católica de Chile
CiudadSantiago
Fecha19 junio 1982

Huidobro tenía el grito fácil. ¿No hay una cierta sensualidad en dejarse acunar por los impulsos? Como una veleta por los vientos. Le gustaba contradecir con o sin ingenio. Ese juego tenía dos caras. El poeta tenía-tiene un pie, el más firme, fuera de la opinión y de los saberes. Era incogible. Libre.

Además el placer del juego (secreto último de la poesía). A veces comenzaba para entretener a su hijo Wladi. De allí a poco todo se enardecía como el póquer. Terminaba el juego en agudo enojo. Huidobro más enojado que Wladi. Enseguida se olvidaba todo y todos estábamos dispuestos a recomenzar.

En los meses que vivimos juntos jugamos todos sin cesar. Para un cumpleaños en Cartagena contratamos la banda municipal, la escondimos entre los árboles y vestidos de reina, príncipes y pajes entre marchas, gritos guerreros y vino lo coronamos poeta nórdico anti-súrdico y súrdico anti-nórdico.

O bien decidíamos almorzar como si fuésemos invitados del jefe mameluco, de Hamlet, del Roi Ubu. A veces nos volvíamos chiquititos –el hombre chiquitito– y había que pasar horas andando, hablando, escribiendo de cuclillas. Y tantas otras cosas.

Algunos amigos lo consideraban avaro. Entre otras porque tan interesado como estaba en el arte moderno y disponiendo de medios nunca editó una buena revista. ¿Lo era? Lo acompañamos a comprar muebles a un remate, muebles baratos que después mostraba como heredados y antiguos. O a la Vega para comprar un congrio unos pesos de menos, aunque debíamos regresar en tranvía –una hora de viaje– a la casa con el pescado colgando. Y más. Sin embargo, con otras cinco personas fuimos sus huéspedes durante cinco meses. Para ayudar a Jaime Valle Inclán, a quien quería mucho, le compraba cuadros por interpósitas personas para que Jaime no se sintiera agradecido. Y más.

Huidobro abrió su biblioteca a los jóvenes. No hubiéramos podido conocer entonces, sin él, a Raymond Russel y otros autores más confidenciales aún. Alentó a muchos. Pero de todos distinguió y estimó más a Eduardo Anguita.

No es éste mi parecer, sino su confidencia. No le gustó –y compartíamos esos gustos– nunca lo que hacía Neruda, de Rokha, la Mistral, se mantenía fiel a un rumbo trazado por el duende de la modernidad.

Inventó algo, una forma de imagen (además la llevó al transcurso, al relato, en “Altazor” y “Temblor de cielo”. Ladró como destellos engarzados en una historia en El Cid, Sátiro, las Novelas ejemplares, el diálogo de En la luna y Gilles de Rais. La ciñó en El ciudadano del olvido y Ver y palpar (no había editor en Chile para esos libros. Los editó como derecho de autor por la publicación del Cid. Todos guardaron silencio. Los ejemplares los apilábamos en el sótano). Fue el poeta de lengua castellana más interesante de la mitad del siglo, como Valle Inclán y Bergamín en la prosa.

La disputa con Reverdy no cuenta. Reverdy inventó otra cosa, un nuevo modo de correlato poético. Y Ashbery, el poeta neoyorquino, lo sabe.

Todos le debemos la herida de la modernidad. Y es bueno estar en ella y ahondar la herida. “Il faut être absolument moderne”.