Niebla Negra

De Amereida

LECTURA CCA 7 AGO 2019.jpg

Niebla Negra 07 agosto 2019, Hospedería de los Diseños
Este Miércoles 7 de Agosto se realizará en la hospedería de los Diseños de la Ciudad Abierta, la lectura de ensayos contemporáneos realizados para la edición Amereida, la invención de un mar, publicada el 2019 junto a la casa editorial Polígrafa, en Barcelona.
Participantes: Sebastián de Larraechea, Victoria Jolly

LA INVENCIÓN DE UN MAR

La invención de un mar fue primero el nombre que le dio cuerpo a una exposición que realizamos en la sala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes y en la sala de Artes Visuales del Parque Cultural de Valparaíso, en Chile durante el 2017. Se trataba de presentar La Amereida, como llamaban sus participantes al viaje-acción realizado en camioneta en el año 1965 desde Tierra del Fuego hacia Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Ciudad que fue nombrada o proclamada por el grupo capital poética de América, «ya que allí se unían los dos ritmos del mar interior americano»1 , un suelo donde cesa la pampa y se inicia la selva hasta el caribe, a la cual nunca lograron llegar sin embargo orientó el total de su aventura. El trayecto de este viaje consistía en seguir el meridiano de la Cruz del Sur, para así atravesar longitudinalmente el centro del continente. América hasta entonces había sido poblada por sus bordes mientras que su mar interior permanecía despoblado; un desconocido, aquel que para la travesía era necesario ir a su encuentro.

Privados de una ruta fija y desviándose de su aguja, el grupo de artistas latinoamericanos y europeos viajaba como los navegantes alejándose de la costa, sin un itinerario o distancia que cumplir sino más bien haciendo parte del destino del viaje el recorrido mismo. El camino consistía en seguir partiendo cada vez manteniendo el rumbo abierto. La trapa amereidiana inauguraba una extensión y una visión desde los actos que la geografía y el tiempo del ir detonan. La palabra poética incesante, atravesándolos continuamente sin importar las circunstancias o lugares llevaba consigo un rito que demanda una partida y no así la permanencia. «La phalène no deja de recomenzar o más bien de estar en su comienzo, no noto un estado, tan sólo un partir»2 .

Fue así como el poeta Godofredo Iommi camino a Cerro Varela le pide a Fabio Cruz detener el auto. Luego de más de quince horas continuas de viaje, varias atascaduras en los bancos de arena, el intento fallido de pasar la noche en la estancia El Recuerdo de Nahuel-Mapá, reparar el estanque de bencina y perder la huella principal en la mitad de la noche; confundidos por cazadores, albañiles o una delegación universitaria, atravesaban la pampa negra «sumergidos y aprisionados como en el fondo florido de un mar»3 . Pasadas las tres de la madrugada Iommi dice «¡aquí!» y dirigiéndose al escultor Henry Tronquoy le pide ubicar la estrella que poco antes habían confundido con Aldebarán. Se bajan todos del auto y en el borde del camino el escultor Claudio Girola comienza a cortar pequeñas láminas de bronce, Tronquoy «levantando una y otra vez la vista hacia las estrellas -como orientándoce-»4 clava tres estacas y una varilla. La obra es rápida y silenciosa. Fabio alumbra el signo con el auto, Godo permanece en silencio, exclama unas palabras y luego vuelve al silencio hasta que girando dice «¡vamos!». La acción finaliza con unas palabras del poeta panameño Edison Simons. El largo silencio del acto permaneció horas en el interior del auto. Ese ancho de camino fue reclamado por el poeta argentino repetidas veces antes pero en el riesgo de perder nuevamente la huella y con la esperanza de que la geografía repitiera su paisaje más adelante, la camioneta no se detenía. Quien manejaba en ese momento llevaba consigo la misión de avanzar con nueve pasajeros por la mitad de la pampa para llegar pasada la madrugada a la ciudad de San Luis. Sin embargo, en la medida que no detenían su paso la vegetación del exterior se transformaba entre los matorrales nocturnos, fue entonces al aparecer una meseta ondulada que le daba un respiro a esa ruta, cuando Godo ya un tanto incómodo reclama nuevamente esa libertad sin opción, no cabía escoger continuar, e indica el lugar. «En cierto momento, uno de nosotros, ante el asombro de los demás dice: ¡Ahí!»5 , esa palabra hacía comenzar una práctica entre todos sin tener vuelta atrás. A campo traviesa y atentos a las señales del lugar la experiencia de signar anudando verbo y acción ponían de manifiesto la extensión, la tierra entonces dejaba de ser sólo mera geografía. Como luego relata Claudio Girola, el acontecimiento en la travesía se vuelve chantier y todos se volvían ese chantier. El signo plástico que dejaban ahí emplazado en la tierra no se dejaba a modo de huella, monumento o ruina a la espera de ser redescubierta en un futuro cercano por otros, sino que consistía en aquello que le daba forma a un presente, «presente para las manos que después de ejecutar ese signo siguen temblando»6 , pues cuanto éste toca abre. Los trabajos levantados por plásticos y poetas en medio del pastizal conducían la vista hacia la Cruz del Sur, a la que luego llamarían estrella Polar. Esta constelación signada en medio de la pampa marcaba en el horizonte el Sur geográfico y el Sur poético o propio Norte de Amereida. El viaje se trazaba por el ritmo de las atracciones invisibles de los actos, que cada uno de los participantes detonaba. Y los signos formaban una estela en su mar de dentro qua iban dejando a atrás.

Pero este viaje sin instrumentos -a ciegas, que no mudo- permitía tanto la vacilación y el fracaso como parte del asunto y que ésto también trazara la ruta. Justamente el día antes de enmendar rumbo hacia el desierto de la pampa y signar la estrella, decidieron dejar fuera el paso por la ciudad de Buenos Aires e inclinarse por el interior. La decisión se tomaba cerca de General Acha con la tensión al filo de un cuchillo y teñidos por los actos realizados durante cuatro días entre el 26 y 29 de Agosto en el pueblo de Puelches. Como bien relatan las bitácoras escritas por sus participantes y la correspondencia desde Europa a Valparaíso, donde se describe a una ronda que discutía o más bien oía la mise en question de la travesía en medio del salitral; provocada por la distancia o vacío de haber abandonado una luz que decían entre todos Patagónica para las artes en los campamentos de Bajos de Santa Rosa. Luego de hacer el acto de inauguración de una escuela pública, una obra de títeres, izar la bandera y realizar lecturas en el caserío cerca del puente de un río que permanecía sin agua durante años, «Puelches fue un colmo de Phaléne pero nosotros no obedecimos a nuestro cálculo, lo que hicimos fue un mero canto a lo existente»7 . El arquitecto Alberto Cruz, como parte de las actividades allí realizadas, pintaba en una de las paredes de la escuelita la historia del pueblo y el proyecto de una plazoleta para el lugar, que era parte de los cuatro actos preparados para el último día. «Nuestro fracaso ante una situación compleja como la de Puelches nos indica que debemos reducirnos a nuestros límites.Propone que se siga por el desierto. Nosotros dijimos a los de Puelches que debían quedarse pero tal vez debían irse»8 .

¿Cuál era realmente ese cálculo poético al cual estaban todos llamados a participar y que en Puelches habían traicionado?


sólo se consuela la tierra sólo se logra suelo cuidando del abismo sólo es suelo lo que guarda el abismo lo que da cabida a la irrupción y proporción al trance estar en trance es vivir con asombro un choque de ruptura y un arranque de abismo es ser testigos de esta contigüidad de la violencia y del gigante 9


Si abismo es justamente aquella distancia insondable en la que nunca podemos ver su término y América, como canta el poema de Amereida, tiene destino cuando tiene presente su irrupción y su emergencia, todas aquellas acciones que no exigen atravesar lo que ‘sabemos-hacer’ quedan conclusas y partir es justamente hacer lo contrario, aquello que ‘no-sabemos’ para hallar, encontrar, entonces abrir. Mucho antes de la crisis del salitral a diez días de viaje, con la mitad del corro molesto, después de la presentación en Río Gallegos ya discutían por la forma de eludir «lo cultural esta verdadera enfermedad contemporánea, esta verdadera falsificación»10 . Podríamos considerar entonces todas estas actividades como un paso en falso o un retroceso dentro del viaje puesto que en ellas no hay riesgo, ni aventura, sólo presentaciones y descripciones. Sin embargo, despojados de la esperanza y el significado, los actos fallidos también fueron brújula durante el trayecto. No se trataba de llevar, calzar o cazar la Patagonia al ritmo del conjunto, sino de ser presa de ella.

Luego de un mes y medio en ruta la Travesía de Amereida ponía su fin el Lunes 13 de Septiembre de 1965 en Bolivia, «la travesía de Amereida ha terminado. Ahora viajamos pero no en travesía»11 . El grupo decide por primera vez tomar las rutas asfaltadas para regresar a la ciudad de Mendoza sin detenciones y cruzar la Cordillera. Dos años más tarde (1967), Godofredo Iommi publica el libro común Amereida compuesto por fragmentos de todas las bitácoras y poemas realizados durante el viaje. Las únicas imágenes que lo acompañan son diez mapas dibujados a mano alzada.

Fue el 2015, en una sobremesa en la Hospedería de los Diseños, donde vivimos, mientras discutíamos con el piloto y arquitecto Miguel Eyquem sobre los orígenes de la Ciudad Abierta y su relación con el Arte, cuando él nos incita partir a Francia a conversar con la trapa europea viva de la Travesía de Amereida, esta vez sin intermediarios. Así, establecemos contacto y luego de unos primeros diálogos con el filósofo François Fédier, éste envía por mano un sobre cerrado, que llevaba escrito: «Todas mis fotografías de La Amereida donadas para los archivos de la Ville Ouverte». Archivo que no existía y él inauguraba en ese gesto. Dicho sobre contenía los negativos originales de 300 fotografías del viaje realizado el 65, un espesor de tiempo que volvía 50 años después. La ruta gira entonces y comienza un trayecto haciendo el camino opuesto, las imágenes volvían ahora desde el otro lado del Atlántico. Y con ellas se abría un testimonio del tiempo mismo de la travesía sin embargo, estas no se mostraban como una verificación; sino que parecían acortar el tiempo, alejándose de la leyenda para traernos mundo. Probablemente esa misma distancia temporal entre nosotros y los primeros fundadores de la Ciudad Abierta, participantes de La Amereida, desencadenó la necesidad de encontrarse directamente con esta primera fuente, ya que el viaje que habíamos recibido oralmente y a través de un poema, con el paso del tiempo se volvió Historia y tradición. Desde aquí la aventura que hemos tenido por delante es la de volver al origen para recibirlo como una invitación a re-crearlo, tratando de despertar la cantidad de desconocido que nos trae hoy.

Repitiendo el gesto de François Fedier, de conducir fuera, decidimos primero hacer una intervención en el espacio en dos de las grandes salas expositivas de Santiago y Valparaíso, las que se recorrían entre la proyección de las imágenes sobre cuerpos tridimensionales y la cadencia de la música, para darle espesor y lugar a un tiempo y no al objeto de archivo o la historia. Este segundo momento no es más que devolver ese sobre ahora en forma de libro. Ni La Amereida Ilustrada, ni el diario de un viaje, ni la historia oficial o poemas explicados. Sino imágenes acompañadas de ensayos, con mano que escribe y piensa tachando, esperando que así se ex tienda o detone constelaciones y figuras en otros.


Victoria Jolly M.


Es por eso que Amereida continúa ¡ por todas partes donde ella se explica tiene LUGAR!

¡ELLA ES EL LUGAR!! 12



 1 varios autores, Amereida vol II, 1986, p.198.
 2 François Fedier, Diario 1º Agosto 1965, p.III.
 3 varios autores, Amereida vol II, 1986, p.185.
 4 varios autores, Amereida vol II, 1986, p.186.
 5 Francois Fedier, Diario 21º Agosto 1965, p.XIX.
 6 Claudio Girola, Experiencia Americana,1969.
 7 varios autores, Amereida vol II, 1986, p.179.
 8 varios autores, Amereida vol II, 1986, p.179.
 9 varios autores, Amereida, Chile, Lambda Ediciones, 1967.
10 varios autores, Amereida vol II, 1986, nota 18.
11 varios autores, Amereida vol II, 1986, p.203.
12 François Fedier, Diario 1º Agosto 1965, p.xi.